lunes, 28 de noviembre de 2011

LAICADO IGNACIANO: DISCIPULADO, EN COMUNIDAD, PARA LA MISION. Samuel Yáñez, S.J.

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"El Concilio Vaticano II trató de la Iglesia, primariamente, desde la perspectiva de lo que une a todos los cristianos. Y, a partir de este punto de vista común, abordó lo específico de cada vocación (laical, religiosa, sacerdotal). Inspirada por el Concilio, la Iglesia se afana, con idas y venidas, en la tarea de engendrar históricamente una Iglesia Pueblo de Dios, que es la categoría teológica utilizada por el Concilio. Esto también se ha ido verificando en lo que puede llamarse el “mundo ignaciano”, es decir, en el ámbito, no errado sino abierto, de quienes viven el cristianismo en la senda espiritual abierta por San Ignacio de Loyola. Expresión de esto es que en las dos últimas Congregaciones enerales de la Compañía de Jesús, el tema de la colaboración ha dado lugar a sendos Decretos –Decreto 13 de la CG 34 y Decreto 6 de la CG 35. En Chile, la colaboración ya está dando frutos de servicio, por ejemplo, en educación, en la renovación de la experiencia de los Ejercicios Espirituales, en la promoción social, en la evangelización e la cultura, en el servicio a los necesitados de toda índole.
En este contexto, aventuro en estas líneas caminos de respuesta a dos preguntas. La primera es: ¿cómo pensar el tema de la colaboración entre jesuitas –religiosos y/o sacerdotes- y laicos ? La segunda interrogante es: ¿cuáles serían los rasgos imprescindibles que tendría que poseer un laico ignaciano para ser considerado tal? Para evitar la repetición, cada vez, de la expresión “laico y laica”, hablo de “laico”. Pero entiendo siempre que se trata de ella y de él.

La colaboración
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La Conferencia de Aparecida [Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, Brasil, 30 de mayo de 2007] pone de relieve tres rasgos fundamentales de la vida cristiana. Se trata ésta de una vida que tiene su principio y fundamento en un encuentro personal con Jesucristo, que abre la vía del discipulado. Este encuentro, siendo individual, posee una intrínseca dimensión comunitaria: el encuentro con el Señor ocurre en el seno de la comunidad de los discípulos.

Por último, discipulado y comunidad se orientan a la participación en la obra de Cristo: la vida cristiana es misionera en su constitución misma. De lo que se trata es de amar y dar testimonio. Al destacar estos elementos, Aparecida sigue fielmente la línea abierta por el Concilio Vaticano II. Ante todo, los cristianos son hermanos en el bautismo –en la necesidad de perdón y salvación, en el gozo del amor gratuito de Dios por cada uno. El bautismo, en efecto, constituye el primer encuentro personal con Jesucristo, encuentro verdaderamente real que se descubre como tal con los ojos de la fe. Este encuentro ha tenido lugar en la Iglesia, que desde los primeros tiempos comunica el bautismo a sus nuevos hijos. Este bautismo es el sello fundamental del cristiano. En él se encuentra la raíz de la vocación común, la misión común, la responsabilidad común. Iguales en el bautismo, ante todo.

Diversos luego en los caminos y modos de vida, en los servicios concretos. El bautismo marca a todos para ser luz del mundo. De este modo, al destacar el encuentro personal con Jesucristo, la comunidad y la misión compartida, Aparecida vuelve a afirmar claramente la idea de una Iglesia servidora, en comunión y participación, idea tan querida y anhelada por muchos cristianos latinoamericanos.

La vida cristiana al modo ignaciano, entonces, ha de entenderse como una senda entre otras, en el seno de esta común y más amplia vida cristiana en el mundo. Tiene, por tanto, esas tres características antes destacadas, actualizadas de una forma propia, pero no separadas de otras formas en la Iglesia. Se trata de una buena y aprobada versión del cristianismo. Aprobada, sobre todo, por los frutos de santidad que ha producido. El encuentro personal con Cristo está a la base. En el caso ignaciano, son los Ejercicios Espirituales el lugar privilegiado de esta experiencia. Se entiende por ejercicios espirituales todo modo de orar, contemplar, reflexionar, aplicar sentidos, meditar la

Palabra de Dios, revisar la propia vida, etc., para más amar y servir, según el modo de la experiencia de Ignacio. La vida cristiana no tiene a su base una doctrina, sino una experiencia de encuentro que conmociona. Es vida que se comunica y desarrolla. Hay una elección y un ponerse a caminar. En los Ejercicios Espirituales, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen al cristiano ignaciano, y éste está solicitado a responder. Este encuentro personal con Cristo, al modo ignaciano, se verifica en el seno de una comunidad mayor, eso que podemos llamar el “mundo ignaciano” o la “comunidad ignaciana”, una especie de órgano del cuerpo eclesial. Se trata de un órgano con células más y menos complejas: la orden jesuita, otras congregaciones de espiritualidad ignaciana, asociaciones laicales (CVX, Asociación de Ex-alumnos), movimientos (MEJ, Apostolado de la Oración), voluntariados (ETAS), grupos (gran diversidad en distintas circunstancias), obras apostólicas (Fundaciones, instituciones, centros de irradiación), individuos. La Compañía de Jesús ha cumplido y sigue cumpliendo aquí una función de servicio muy vital: animar, evangelizar, conservar y comunicar las tradiciones, liderar empresas de renovación, etc. Desde sus comienzos, ella ha hecho esto con un estilo muy fecundo de relaciones, que incluyen formación, compañerismo, discernimiento y emprendimientos comunes. Por su parte, la misión común de la vida de los bautizados también tiene su concreción peculiar en este “mundo ignaciano”. Se trata del servicio de la fe y la promoción de la justicia. No son dos opciones, una al lado de la otra, sino una opción con dos aristas. Porque, al contemplar la realidad de hoy, uno se va convenciendo que servir la fe –el Evangelio del amor hasta el extremoexige absolutamente promover la justicia.

Pienso que de esta manera se puede entrar adecuadamente en el tema de la colaboración entre jesuitas y laicos: destacando esos tres elementos (discipulado, en comunidad, para la misión), señalando su raíz bautismal, indicando su modalidad ignaciana (Ejercicios Espirituales, en comunidad ignaciana, para el servicio de la fe y la promoción de la justicia). Esto permite una mirada suficientemente amplia, evitando enfocar el asunto de la colaboración desde perspectivas sólo particulares. Y entiendo por perspectivas particulares el punto de vista de la Compañía de Jesús, o el de tal o cual asociación laical, o el de los voluntariados, o el de tal jesuita, o de tal laico. Estos puntos de vista particulares, por supuesto, son legítimos en su particularidad. Y no sólo esto: al pensar la colaboración mutua, cada cual, individual y colectivamente, ha de hacer el esfuerzo de ponerse en el lugar de los otros. El mundo ignaciano y cada célula particular de él, son también una preocupación de todos, aunque en respeto de las diferentes responsabilidades. En el curso de los años posteriores al Vaticano II, los ignacianos han ido poco a poco reconociendo algunas gracias singulares que el Espíritu está derramando, en ellos, para el mundo y la Iglesia. Y también paulatinamente han ido respondiendo. Considérese, por ejemplo, la renovación de la espiritualidad ignaciana, en especial de la experiencia de los Ejercicios Espirituales, que se abre paso con mucha vigencia entre tantas y tantos (sacerdotes, religiosas, religiosos, laicos, incluso creyentes de otros credos). Considérese también la gracia del impulso apostólico de jesuitas y laicos. Y considérese, por último, la gracia de la colaboración, del trabajo codo a codo. Porque la colaboración es ante todo una gracia que se está derramando. Hay que pedir insistentemente ser capaces de acogerla. Esto no es fácil, ni mucho menos. Acoger la gracia es un don, pero un don que plantea altas exigencias y que tiene muchos, muchísimos matices. En su reciente Congregación General 35, los jesuitas han puesto, antes del decreto sobre colaboración, el decreto sobre su identidad. Pienso que esto es muy importante. Al enfrentar el tema de la colaboración, los laicos tendrían que hacer lo mismo, es decir, pensar y renovar su identidad laical y, como ocurre en el caso de laicos asociados, su identidad asociativa.

Desde aquí, el tema de la colaboración se muestra con mayor claridad. Pues los modos de proceder del laico, respecto de la unión con Dios, de la vida comunitaria y del servicio apostólico, son ignacianos, pero no jesuitas.

Me parece que ésta es una manera apropiada de acercarse al problema de la colaboración ignaciana en el corazón de la misión. Esta forma de pensar el asunto, implica opciones teológicas, exige íntima unión con Dios, convoca a cambios de actitudes y mentalidades, pide expresarse en procedimientos y prácticas, arraigados en un estilo de vida social y eclesial caracterizado por la sencillez, el diálogo, la apertura a los signos de los tiempos y a la acción del Espíritu. No olvidemos que la colaboración entre laicos, religiosos y sacerdotes, entendida ignacianamente es para la misión, es decir, para colaborar, en último término, con la misión de Jesucristo, al servicio de los demás y en el seno de la Iglesia.
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El laico ignaciano
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Supuesto este acercamiento, podemos preguntar ahora qué rasgos básicos deben caracterizar al laico ignaciano. Acogiendo la luz de Aparecida, la respuesta es sencilla. Es un discípulo en comunidad y misión: es un bautizado. Es alguien que se ha encontrado con Cristo en los Ejercicios Espirituales, que posee algún sentido de comunidad en el mundo ignaciano y que orienta su vida apostólicamente, en el sentido de la fe-justicia: es un bautizado ignaciano. Pero la enumeración de estos rasgos no hace más que abrir una serie de problemas. ¿Qué tipo de experiencia de Ejercicios Espirituales? ¿Pertenencia formal a alguna comunidad? ¿Orientación apostólica de la vida laboral y familiar, o vida apostólica más allá de esos límites cotidianos? Pienso que estas cuestiones deben ir siendo respondidas en los diversos contextos, según tiempos, lugares y personas. Lo que sí se puede decir es que no basta solamente, para determinar a un laico ignaciano, por ejemplo, haber estudiado en una institución educativa ignaciana, o ser muy amigo de alguien ignaciano. Por otra parte, no necesariamente es mejor laico ignaciano quien colabora o trabaja en una obra de la Compañía de Jesús.

Pienso que hay algunos aspectos ligados a las tres características básicas del laico ignaciano, que son especialmente relevantes hoy y para el futuro mediato.

El laico ignaciano se encuentra con Cristo en los Ejercicios Espirituales. Me parece muy relevante en este punto la conciencia de proceso de la persona, es decir, que de alguna manera se manifieste que ella se siente en camino de crecimiento, de más encuentro, de más hondura. La meta es que llegue a sentirse tomada y llevada, en actitud de discernimiento y que se actualice así la gracia profunda del seguimiento. Tiendo a pensar que esta conciencia de proceso es un buen indicador de la experiencia espiritual ignaciana. En su Autobiografía, Ignacio revelaba que se sentía llevado por Dios, como un niño por su maestro. Y esto lo sentía un laico: la fundación de la Compañía de Jesús vino después. El seguimiento se puede experimentar en diversos niveles, incluso en los comienzos mismos de un proceso inicial. Es preciso, por tanto, poner los medios para acompañar los procesos de los laicos y para ofrecer oportunidades suficientes de pasar adelante. El laico ignaciano se encuentra con Cristo en comunidad. Tiene que haber, por tanto, pertenencia de algún modo a una comunidad que vaya más allá de la experiencia individual. Es bueno recordar que, para los laicos casados, la familia es esta primera comunidad. Tal vez se debería insistir un poco más en esto: el modo ignaciano de vivir la vida familiar (familias místicas, comunitarias y apostólicas). Sin embargo, pienso que no hay que quedarse sólo en la familia, Iglesia doméstica. Estimo indispensable una referencia más amplia.

En este punto, pienso que sería muy apropiado trabajar, con especial atención, en todo lo que signifique crecimiento de la conciencia institucional y del establecimiento de instituciones laicales. Hay una oleada individualista en la cultura, que afecta sin que a veces se tenga mucha conciencia de ello, y que llega a las mentalidades y conductas de jesuitas y laicos. Además, algunas dificultades para una colaboración más estrecha entre laicos y jesuitas tienen su asiento en las diferencias abismales de institucionalización de la vida ignaciana de unos y otros. Las asociaciones laicales, si bien han crecido mucho en esto, todavía tienen mucho camino que recorrer. En este sentido, por ejemplo, me ha alegrado mucho que el Decreto 6 de la reciente Congregación General 35 recomiende a los Superiores Mayores Jesuitas apoyar a CVX y a otras asociaciones laicales. El modelo ya no puede ser el de un jesuita con un grupo de laicos en su derredor, en aislamiento. Hay que poner en cauce los procesos individuales, espirituales y apostólicos, para que perduren en el tiempo, sean comunicables a otros y multipliquen su fruto. Por otro lado, aun siendo urgentes muchas necesidades, me parece necesario resistir el afán indiscreto de resultados inmediatos. Hay aquí otra característica de estos tiempos, que se expresa muy bien en el advenimiento de la tarjeta de crédito y la declinación de la libreta de institucionales lleva tiempo y demanda energía, pero así se construyen las vías de la historia.

El laico ignaciano lleva en comunidad una vida apostólica. A veces se plantea la disyuntiva entre la vida laical cotidiana como misión, o la entrega al servicio apostólico más allá de la vida ordinaria. Me parece que el asunto es más hondo. Toda la vida está llamada a ser apostólica. Es la voluntad de Dios, conocida en discernimiento, la que ha de indicar, en último término, lo que cada cual tiene que hacer. Pero, si bien considero de suma importancia asumir la vida familiar y laboral, la recreación y el descanso, en sentido apostólico, un laico ignaciano tendría que caracterizarse por tener el impulso a ir más allá, haciéndose próximo de las necesidades de los demás. Me gusta pensar que ir a las fronteras debiera caracterizar al laico ignaciano. Esas fronteras, en primer lugar, están en los propios hijos y su nueva mentalidad, en los colegas de trabajo. Pero más allá también. Y, en este punto, los hermanos jesuitas también necesitan de los laicos y muchos de ellos anhelan trabajar y estar con ellos.

Me parece también muy necesario que los jesuitas no desfallezcan en el esfuerzo generoso de promover la identidad y misión laical en el mundo y en la Iglesia y que ayuden a que los laicos crezcan más, sirvan más, opinen más, emprendan más. Habría que pedirles que reprendan al laico cuando perciban que abdica de sus responsabilidades más propias: la familia, el trabajo, la sociedad, la cultura, la Iglesia. Con gusto y agradecidamente, muchos laicos colaboran en sus obras. Ellos les permiten sentirlas también suyas. Son sus colaboradores. Y, en esta colaboración, los mismos laicos reciben mucho. Por de pronto, renuevan su propia vocación laical y la pueden vivir más profundamente. Pienso que es muy bueno para los jesuitas considerar como uno de sus objetivos, en sus trabajos, la promoción de la identidad y misión laicales. Ello puede ayudarles a no ceder a la tentación de servirse del laico en función de sus obras. En todo caso, indudablemente, los responsables primeros de renovar la identidad laical son los mismos laicos. Este tema de la identidad, en mi opinión, está muy al centro de este asunto de la colaboración. Pues la identidad del laico, esbozada tan estimulantemente por el Vaticano II, quiebra mentalidades y prácticas seculares y masivas. No es fácil para los laicos asumir adultamente su vida de fe, los procesos son lentos. Pero la identidad jesuita, religiosa y sacerdotal, también ha sido remecida. Así, por ejemplo, la dificultad que a veces se percibe en jesuitas relativamente jóvenes para colaborar con laicos tal vez en parte sea porque ponen su identidad de jesuitas demasiado en el emprendimiento y en la acción. El “mundo ignaciano”, por tanto, célula viva del organismo eclesial, va haciendo su aporte al proyecto histórico de una Iglesia de comunión y participación. Ésta es una gracia. La colaboración es un fuego que enciende otros fuegos. De hecho, en diversas tareas relativas a la justicia y promoción humana, el trabajo conjunto se extiende también a agnósticos y no creyentes.

Pues la colaboración es evangelizadora, en primer lugar, respecto del misionero. Creo que hay que pedir mucho, para responder con sabiduría a la gracia de la colaboración. A mi entender, hay que pedir un don preciso: la gracia del sentido de los matices. En lenguaje ignaciano, esto es el discernimiento: saber distinguir, matizar, para seguir avanzando en el camino tras el Señor, quien, con su machete, va abriendo sendas en la espesura.

Una primera versión de este texto se presentó en el II Encuentro del Sector Laicos de la Conferencia de Provinciales de América Latina (CPAL), realizado en Quito, Ecuador, entre los días 17 y 20 de junio de 2008. Agradezco a algunos amigos laicos y jesuitas sus comentarios a dicha primera versión."

Samuel Yáñez, S.J.
Profesor de Filosofía, Universidad Alberto Hurtado
Miembro de CVX

BENEDICTUS PP. XVI. ORACIÓN POR LA IGLESIA EN IRLANDA

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Dios de nuestros padres,
renuévanos en la fe que es nuestra vida y salvación,
en la esperanza que promete perdón y renovación interior,
en la caridad que purifica y abre nuestro corazón
a amarte a ti, y en ti, a todos nuestros hermanos y hermanas.

Señor Jesucristo,
que la Iglesia en Irlanda renueve su compromiso milenario
en la formación de nuestros jóvenes en el camino
de la verdad y la bondad, la santidad y el servicio generoso a la sociedad.

Espíritu Santo, consolador, defensor y guía,
inspira una nueva primavera de santidad y celo apostólico
para la Iglesia en Irlanda.

Que nuestro dolor y nuestras lágrimas,
nuestro sincero esfuerzo por corregir los errores del pasado
y nuestro firme propósito de enmienda,
den una cosecha abundante de gracia
para la profundización de la fe
en nuestras familias, parroquias, escuelas y comunidades,
para el progreso espiritual de la sociedad irlandesa,
y el crecimiento de la caridad,
la justicia, la alegría y la paz en toda la familia humana.

A ti, Trinidad,
con plena confianza en la amorosa protección de María,
Reina de Irlanda, Madre nuestra,
y de san Patricio, santa Brígida y todos los santos,
nos encomendamos nosotros mismos,
y a nuestros hijos
así como las necesidades de la Iglesia en Irlanda.
Amén.
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sábado, 12 de noviembre de 2011

San Ignacio de Loyola (1491-1556) luchó por su Patria, España.

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San Ignacio de Loyola (1491-1556) luchó por su Patria, España, en la Ciudadela de Pamplona (1521). La lectura de la vida de Cristo y de los Santos le trocó de militar desgarrado y vano en campeón de la mayor gloria de Dios. En su librito Ejercicios Espirituales se elevó a la cumbre del magisterio espiritual, guía segurísimo en el camino de la santidad. Como fundador de la Compañía de Jesús, fundió en nuevo troquel acomodado a la edad moderna, el estado religioso, y el intenso apostolado con el ministerio sacerdotal en la cátedra, en la palabra, en el libro, entre los fieles e infieles, a las órdenes de la Sede Apostólica, cuyos derechos defendió contra protestantes y regalistas. Su orden, que actualmente cuenta con miles de religiosos ha dado a la Iglesia decenas de santos canonizados, entre ellos dos santos Doctores, cientos de beatos, decenas de venerables y una pléyade innumerable de misioneros, predicadores, directores de conciencia, escritores y educadores de la juventud en religión, letras y ciencia.

Oración

DEVS QVI AD MAIOREM TVI NOMINIS GLORIAM PROPAGANDAM NOVO PER BEATVM IGNATIVM SVBSIDIO MILITANTEM ECCLESIAM ROBORASTI CONCEDE VT EIVS AVXILIO ET IMITATIONE CENTANTES IN TERRIS CORONARI CVM IPSO MEREAMVR IN CAELIS PER DOMINVM...

¡Oh Dios!, que para propagar la mayor gloria de tu nombre, fortaleciste a tu Iglesia militante por medio de San Ignacio con un nuevo refuerzo: concédenos que, combatiendo en la tierra con su auxilio y a su imitación, merezcamos ser con él coronados en el cielo. Por N.S.J.C...

Don Carlos Gustavo
"Deo Militare"
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domingo, 6 de noviembre de 2011

Caballeros del Papa en América. Los Caballeros de la Orden, soldados de Dios, somos jesuitas laicos, somos hombres y mujeres de frontera, dispuestos a estar en aquellos lugares donde hay situaciones de injusticia.



Orden Caballeros de 

La Orden Militar de Caballería Ligera del Papa, es jesuita laica, bajo la Bendición del General de la Compañía de Jesús, Padre Adolfo Nicolás, colaboradores en la obra de Dios y de los Jesuitas en la misión de Cristo, en obras inspiradas en el desarrollo, la justicia social, los derechos humanos de los pueblos , el cuidado del medio ambiente y en la espiritualidad ignaciana, sean o no sus dignatarios de la Compañía de Jesús) click..

Quiénes somos 
Los Caballeros de la Orden, soldados de Dios, somos jesuitas laicos, somos hombres y mujeres de frontera, dispuestos a estar en aquellos lugares donde hay situaciones de injusticia, donde otros no pueden o no quieren estar, donde se puede tener un efecto multiplicador en bien de la misión. Hombres preparados para responder a las necesidades de nuestro mundo, solidarizándonos con las víctimas de esta historia y así acompañar a Jesús rumbo a la cruz. Somos Compañeros de Jesús, amigos para la misión, y estamos al servicio de la Mayor Gloria de Dios.


Orden Caballeros del Papa en América
Los Jesuitas conquistaron Sud América para la Iglesia de Roma 
(dijo Lord Maculay)

Historical Preamble

The Holy See has awarded the distinction of knighthood since the early medieval period. Such honors originally conferred nobility, personal or hereditary according to the rank, but today the Papal Orders are a means by which the Holy Father might personally distinguish those who have particularly served the Church and society. The crosses of the Papal Orders are visible marks of recognition and mirror the awards made by most states to their citizens and others for public and private services. The present Pontiff, Pope John Paul II, has extended membership in the Pian Order, Saint Gregory the Great and Saint Sylvester to ladies as well as gentlemen. Suggestions for appointment to the Papal Orders are generally made by parish priests to the local Ordinary who, after due consideration, may forward the recommendation to the Papal Secretariat of State. Recommendations are also made by Apostolic Nuncios in post and by senior members of the Papal Curia. A tax is charged in respect of each nomination to cover the expenses thereof, which is the liability of the nominator but normally payable by the recipient.

As Sovereigns the Papacy maintained a substantial Court. The principal lay posts were given originally to members of the Roman nobility but, over the centuries, honorific posts were accorded to noblemen from the other Italian states and eventually non-Italians. With the loss of the Papal States, the number of laymen in high positions gradually declined. The Popes continued to retain such ancient offices as Prince Assistants of the Papal Thrones (alternating between two families [1]), the Participating Secret Chamberlains of the Cape and Sword (namely the Foriere Maggiore, the Cavallerizzo Maggiore, and the Sopraintendente Generale delle Poste), the Secret Chamberlains of the Cape and Sword (divided into numerary and supernumerary Chamberlains), and Honorary Chamberlains of the Cape and Sword. By the Papal Motu Proprio Pontificalis Domus of 28 March 1968, the Court was reformed to reflect the changed position of the Papacy and the decline in the power of the old nobility who had hitherto dominated it. The post of Assistants to the Throne was maintained, [2] while the three categories of Chamberlains were substituted with the single post of Gentlemen of His Holiness. The hereditary positions were not abolished, but their functions suppressed, with many of their holders being appointed Gentlemen of His Holiness or put in other positions of responsibility within the Vatican. [3] The reform also abolished the Patrician Guard, and the Noble Guard, [4] composed of members of the Roman Nobility, and other ancient institutions. Today the post of Gentleman of his Holiness with the duty and privilege of personal attendance on the person of the Supreme Pontiff is one of the greatest honors the Church can confer.

The Prefect of the Papal Household combines the functions of the former posts of Master of the Household, the former Heraldic Commission of the Pontifical Court, the Ceremonial offices, the Majordomo and Master of the Chamber. He enjoys usually the rank of titular Bishop and has authority over those in attendance upon the Holy Father, in the Papal apartments and at official audiences. He determines all matters connected with precedence and protocol and is a key official in the smooth running of the everyday business of the Papacy. His responsibilities also include direction of the Papal Chapel, and of the Assistants to the Papal Throne, both lay and ecclesiastical, the former being the two Princes Assistant and the latter those Patriarchs, Archbishops and Bishops on whom have been conferred the honorary title of Assistant. The Papal Chapel includes the “Clerics of the Papal Chapel”, until the reforms of 1968 known as Secret Chaplains, Secret Chaplains of Honor, Secret Clerics, etc, who together composed the Papal Chapel as it was then constituted.

The “Pontifical Family” is headed by the Theologian of the Papal Household, formerly the Master of the Sacred Palace. He is automatically councilor of the Congregation for the Doctrine of the Faith, Official Prelate of the Congregation of the Causes of Saints and, usually, Councilor of the Pontifical Biblical Commission. The highest ranks of the Pontifical Family (who may be categorized as Papal Honorees) are the two classes of Apostolic Protonotary, those “di numero” (numerary, of whom there are seven) and the supernumerary, who compose the first class of “Monsignors”. Until the reforms of 1968 they were entitled to wear the Episcopal Miter, but this privilege was revoked for those nominated after the reforms. The Canons of each of the three Roman Patriarchal Basilicas (Saint Peter, Saint John Lateran, and Santa Maria Maggiore) become supernumerary Apostolic Protonotaries for life, while the privilege of holding the title during their exercise of office is accorded Canons of a number of Italian Cathedrals and of those of Esztergom (Hungary) and Malta. The title of Apostolic Protonotary is usually given on the recommendation of a member of the Sacred College. The second rank of Monsignors is that of Prelate of Honor of His Holiness; before 1968 these were called Domestic prelates; those given this title include various Canons and other specific priests, [5] as well as those priests specially honored with the title for life. The third rank of Monsignors is that of Chaplain of His Holiness, who replace various categories of Honorary Chamberlain and Honorary Chaplains. This title is also given for life but may be held by certain priests during the exercise of their offices. The title of Monsignor has for centuries been accorded as a courtesy to some Diocesan officials, and others, but such courtesies cannot be regarded as “official” and these priests are not considered part of the Pontifical Family.

The superior authority of the Holy See as a source of honor was first acknowledged by the Crusader knights who formed the Templar and Hospitaller Orders, and other similar Orders, in the early twelfth century and sought Papal approval for their new institutions. There is no surviving documentary evidence of a precise foundation date of the earliest Papal Chivalric institution, the Golden Militia, now represented by the second of the Papal Orders, that of the Golden Spur. Awards of membership in the Golden Militia have been documented since the reign of Pope Paul III but may have been made much earlier.

The highest Papal Order, the Order of Christ, was last awarded in 1987 to the late Frà Angelo de Mojana, 77th Prince and Grand Master of the Sovereign Military Order of Malta, to honor him on the 25th anniversary of his election. Instituted in 1318 by King Denis I of Portugal as a Military Religious Order, the then Pope, John XXII, is described in some histories as having reserved the right for him and his successors to appoint knights. [6] According to some versions of the history of the Order it was was effectively divided by 1522 and, while the Portuguese decoration became increasingly widely distributed, the Papal distinction gradually fell into disuse until being revived as the highest Order of Chivalry of the Roman Church in 1878. It is awarded exclusively to male Catholic Sovereigns or Heads of State. There are presently no living members. [7]

The second highest Order, that of the Golden Spur, was reformed into a high award of Merit in 1841, as the Order of Saint Sylvester and the Golden Militia. The reforms of the Papal Orders in 1905 limited it to one hundred knights, as the Order of the Golden Militia, although it was commonly called the Golden Spur. A further reform of 1966, limiting it to Christian Sovereigns and Heads of State, still described it in the Papal Bull as the Order of the Golden Militia, while the Annuario Pontificio describes it as the Order of the Golden Spur (Golden Militia). [8]

The third, and more commonly awarded Order (although generally fewer than seventy awards are made annually world-wide), is the Order of Pius IX. An Order of Pian knights was founded by Pius IV in about 1560, but this fell into disuse and the present Order, instituted by Pius IX in 1847, may be regarded as a new foundation. There have been several reforms of the Statutes and today the highest rank is the gold Collar of the Order, the most common award to Heads of State on the occasion of official visits to the Holy See. The Grand Cross, the highest Papal award given to lay men and women, is also given to Ambassadors accredited to the Holy See after two years in post and, exceptionally, to leading Catholics in the wider world for particular services, mainly in the international field and for outstanding deeds for Church and society. The next rank is that of Knight (and now Dame) Commander, to whom the Star (the same as worn by the Grand Crosses) may be given as a higher distinction. The lowest rank is that of Knight or Dame. It is awarded to Catholics and non-Catholics and, on occasion, to non-Christians.

The fourth Order but, of those now awarded, effectively the second, is that of Saint Gregory the Great. Founded in 1831, its grades now mirror those of the Pian Order but without the rank of Collar, while since 1834 it has had civil and military divisions. Like all the Papal Orders, it was reformed in 1905, and is given for conspicuous service to the Church and society, regardless of religious allegiance. The fifth Order is that of Pope Saint Sylvester, separated from that of the Golden Militia in 1905, and established with the same ranks as Saint Gregory. It is intended to award laymen who are active in the Apostolate, particularly in the exercise of their professional duties and mastership of the different arts. It is also conferred on non-Catholics, and is more rarely awarded than Saint Gregory.

Each of these Orders have their own particular decorations. In the three Orders presently awarded, the Pian Order, Saint Gregory and Saint Sylvester, knights and dames wear the badge suspended from a ribbon on the left breast. Knight Commanders wear the badge on a ribbon around the neck, while Dames wear it from a bow on the left breast. Those decorated with the Star wear it on the lower left breast, and Knights and Dames Grand Cross wear the badge suspended from a broad ribbon over the right shoulder across to the left hip along with the breast star. The ribbon of the Pian Order is a dark blue with two scarlet stripes on each side; that of Saint Gregory is a red ribbon with a broad orange stripe at either side; that of Saint Sylvester is black with three narrow red stripes, two on each side and one in the center. The cross of the Pian Order is a gold star with eight blue enameled rays and the words ORDO PIANO on a white enamel and gold medallion ensigned in the center. The cross of Saint Gregory is an eight pointed “Maltese” cross in gold with red enamel and gold balls on the end of each point, ensigned with a gold medallion bearing the image of Saint Gregory and the words Pro Deo et Principe on the reverse; the badge of the civil division is surmounted by a green enamel laurel wreath, the military division by a trophy of arms in gold. The cross of Saint Sylvester is similar to Saint Gregory but with white enamel, and the image of Saint Sylvester on a gold medallion surrounded by gold rays between the arms of the cross. Each also have their own military style uniforms, whose design was regulated in the 1905 reforms. That of the Pian Order is dark blue, with a red collar and cuffs decorated with gold braid; that of Saint Gregory is dark green, with silver buttons and braiding; that of Saint Sylvester is black, with gold buttons and braiding.

Papal knights and dames do not have any specific obligations by virtue of their having been given the personal honor of membership in these Orders. It is customary, however, for them to be invited to participate in major events of their diocese, such as the consecration of Bishops, the ordination of Priests, and the introduction of a new Bishop into his diocese. On such occasions it is recommended that they wear the uniform of their respective Order.

This Association parallels similar associations of Papal Honorees which exist in France, in the United Kingdom and in various Italian and German dioceses. As Papal Honorees, no specific obligations are required of those who receive these titles other than the Gentlemen of His Holiness, who are required to serve His Holiness in person. Nonetheless, they imply special devotion and obedience to His Holiness on the part of all Catholic recipients of Papal Honors.

martes, 1 de noviembre de 2011

Desafíos para nuestra misión hoy: Jesús, un fuego que enciende otros fuegos

Prepósito General 
 Orden de San Ignacio de Loyola
"Corresponde a nosotros dar la battala
a Dios La Victoria"
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En este nuevo mundo de comunicación inmediata y de tecnología digital , de mercados globales ,y de aspiraciones universales de paz y bienestar , nos enfrentamos a tensiones y paradojas crecientes vivimos en una cultura que privilegia la autonomía y el presente y sin embargo el mundo tiene una gran necesidad de construir un futuro en solidaridad ; contamos con mejores medios de comunicación pero experimentamos a menudo la soledad y la exclusión ;algunos se benefician enormemente ,mientras otros son marginados y excluidos; nuestro mundo es cada vez más transnacional ,y sin embargo necesita afirmar y proteger sus identidades locales y particulares; nuestro conocimiento científico se acerca a los más profundos misterios de la vida , y sin embargo la propia dignidad de la vida y el mismo mundo en que vivimos continúan amenazadas .

En este mundo global, marcado por tan profundos cambios queremos profundizar ahora nuestra comprensión de la llamada a servir la fe, promover la justicia y dialogar con la cultura y otras religiones a la luz del mandato apostólico de establecer relaciones justas con Dios, con los demás, y con la creación [ Congregación General 35 de la Compañía de Jesús, 2008, Decreto 3]